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Bernie Sanders, el persistente opositor de Hillary Clinton en las elecciones primarias, es un candidato demócrata más por conveniencia  que por convicción. El senador por el estado de Vermont ni siquiera estaba registrado como miembro del partido antes de el 2015. De ser  fiel a sus principios Sanders sería un candidato independiente, pero entonces, según su propia admisión,  no gozaría  de la plataforma mediática para sus propuestas de las que goza un candidato de uno de los dos partidos dominantes.

Creando un irónico paralelo, Sanders -un malhumorado septuagenario- ocupa en este ciclo una posición ideológica análoga a la que tuvo Barack Obama en el 2008: un desafío desde la izquierda en contra de Hillary Clinton, la candidata del sistema.  De el mismo modo que Obama, Sanders tiene una ferviente base de seguidores entusiastas, y  al igual que el actual presidente, Sanders construyó una operación financiera gigantesca  con base en pequeñas donaciones de internet.

El mensaje de Sanders es sencillo: los grandes bancos y las élites, el privilegiado 1%,  concentran demasiado dinero y poder, por lo tanto  la sociedad requiere de una revolución que produzca mayor igualdad. Debe haber más regulaciones para los grandes bancos y menos privilegios para las élites. El salario mínimo debe ser incrementado por ley. Para Sanders también es urgente acabar con las llamadas Super-Pacs (comités de acción política), organizaciones que se han convertido en la herramienta  de influencia política para los grupos de interés y los billonarios (el 1%), ya que estas organizaciones pueden recaudar donaciones sin los límites que restringen a las campañas convencionales. Con sus ideas y tenacidad Sanders ha conseguido la victoria en casi la mitad de los estados hasta ahora disputados,  creando problemas para Clinton en unas primarias que han resultado mucho más competitivas de lo esperado.

Estados unidos es un país con una deuda creciente y en el que los indicadores  económicos empiezan a repuntar a paso de tortuga.  Cuando Sanders tiene que explicar cómo pagaría por su versión de el estado de bienestar sus argumentos no son tan claros.  El populismo socialista de Sanders es una utopía hermosa  como meta para una sociedad, pero su viabilidad en el mundo real es  dudosa. Por ejemplo, En Finlandia, país con un amplio estado del bienestar, un gobierno de derecha trabaja para reducir los beneficios sociales tanto como le sea posible porque no los considera económicamente viables.

Barack Obama libró la lucha más encarnizada de su gobierno, y gastó una buena parte de su capital político para aprobar una reforma al sistema de  salud que es una versión anémica de un verdadero sistema subsidiado.   Las reformas que Sanders querría para la sociedad estadounidense son mucho más radicales que cualquier propuesta de  Obama. Las ideas de Sanders son, en pocas palabras, política y económicamente imposibles.

Por supuesto, para su base  electoral: jóvenes idealistas de menos de 22 años, la viabilidad económica o el acérrimo obstruccionismo de un congreso controlado por los republicanos no significan demasiado. Sanders ofrece la ilusión de crear un mundo más justo.   Pero hay otro grupo que presta atención al proceso detrás de bambalinas y que ya ha tomado su decisión: la clase política del partido demócrata. Los congresistas y oficiales electos del partido anticipan las amargas batallas políticas que desatarían las reformas que Sanders propone; el paso de la pálida reforma al sistema de salud le costó a los demócratas perder las mayorías en el congreso.  Estos oficiales también saben  que en la elección general Sanders es demasiado radical como para atraer a los votantes moderados de derecha.  Es por esto que la  mayoría de la élite del partido apoya a Hillary Clinton, una candidata centrista con una mayor oportunidad convencer a los moderados.  Las élites demócratas tienen un  mayor poder decisivo que sus contrapartes republicanas,  los llamados “superdelegados”, alrededor de el 15% de el total necesario para la nominación,  pueden apoyar al candidato de su preferencia sin importar los resultados de las primarias. Aldededor de 500 de los 700 superdelegados disponibles han ofrecido su respaldo a la ex-secretaria de estado.

Como he argumentado antes, Hillary Clinton no es una candidata que despierte gran entusiasmo, y ni siquiera es percibida como alguien confiable por la mayoría de los votantes, pero en estas elecciones su preparación y experiencia y el hecho de no llamarse Donald Trump podrían ser suficientes para llevarla a la presidencia.

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