Normalmente, después de asegurar las primarias de su partido, los candidatos moderan el tono de su campaña con el fin de atraer  votantes independientes y algunos indecisos del partido contrario. En las elecciones pasadas uno de los errores más famosos de la campaña de Mitt Romney, el candidato republicano, fue el de referirse a este proceso de giro haca el centro como un “tablero mágico” (etch a sketch) en el cual todas las afirmaciones previas de un candidato pueden ser borradas para darle lugar a nuevas propuestas. La comparación hizo quedar mal a Romney porque constantemente había sido acusado de ser un candidato que cambiaba su opinión de acuerdo a las conveniencias del momento (en realidad una buena definición para la inmensa mayoría de los políticos exceptuando a unos pocos idealistas como Bernie Sanders).

Hace meses, quizá después de asegurar la nominación en Indiana,  Donald Trump debería haber moderado sus propuestas y adoptado una actitud más conciliadora con el fin de conectarse con un mayor número de votantes.  A esta altura es claro que el cambio no se va a dar. Trump tiene solo un estilo, sus asesores consiguen calmarlo por periodos cortos, pero eventualmente el candidato se las arregla para crear polémicas con comentarios como aquel de la semana pasada en el que bromeó sobre la posibilidad de que algún cuidadano con armas  atentara contra la vida de Hillary Clinton.

Trump llegó bastante lejos con su oratoria inciendiaria y ofensiva, ya al parecer no conoce un camino diferente. Después de desafiar todos los principios del sentido común en  política, parece que los reflectores de las elecciones generales que magnifican cualquier posible debilidad  y la maquinaria de ataque bien organizada de Hillary Clinton y los demócratas,- sin habar de  las divisiones internas de  su propio partido-  han hundido al magnate en un hoyo de el que dificilmente podrá salir. Varios analistas han declarado que la campaña republicana se acerca a un punto de no retorno en tras el que será imposible cambiar las preferencias de los votantes, quienes en este momento prefieren a Clinton por margen de casi de 7 %, una diferencia que ningún candidato ha remontado a este punto en las elecciones modernas.    Tan solo ayer Trump declaró que no planea cambiar su estilo y que será honesto a sí mismo hasta el final. El pez, presumiblemente, morirá por la boca.

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